Cuando Dios parece ausente: madurar la fe

Este texto explica que la vida espiritual madura cuando desaparecen las emociones y consuelos iniciales. La sequedad, las distracciones, las heridas del pasado y el sufrimiento no son señales de fracaso, sino oportunidades para profundizar en la relación con Dios. El camino consiste en permanecer fieles, discernir la voz del Espíritu, sanar las heridas llevándolas a la oración, cultivar los frutos del amor, la paz y la humildad, y aprender a estar presentes con los demás. La verdadera transformación no se mide por lo que se siente, sino por cómo se ama y se persevera. Al final, toda la vida espiritual se resume en un acto constante de volver al presente, a Dios y al servicio, hasta llegar a la plenitud de la Presencia eterna.